Comentarios a la Guerra de las Galias. Libro Uno. Capítulos 21 al 30. - Profe de Letras

📅 02/10/2026

21

Ese mismo día, fue

hecho sabedor por exploradores de que los enemigos se habían retirado al pie de

un monte a ocho mil pasos de su campamento, y envió (a algunos) para que

reconocieran cómo era la naturaleza del monte y cómo sería la subida dando un

rodeo.

Después de la

media noche a T. Labieno, legado propretor, con dos legiones y sus jefes manda

subir hasta la cima del monte para que reconociera el camino y le presentó cuál

era su consejo.

Él mismo

después de la cuarta vigilia se dirige hacia ellos por el mismo camino que

transitaran los enemigos y a toda la caballería envía delante de él. P.

Considio, que se tenía por muy diestro en el arte militar y había estado en el

ejército de L. Sila y luego en el de M. Craso, es enviado delante con

exploradores.

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Al amanecer,

como el altísimo monte iba a ser ocupado por Labieno, él mismo de los campamentos

enemigos no más mil quinientos pasos distaba y no, como después por parte de

los cautivos supo, se conocía la su venida ni la de Labieno, Considio, a galope

tendido, se apresura junto a ellos y dice que el monte, que quería ser ocupado

por Labieno, se ha ocupado por los enemigos: que esto se sabía por las armas galas

y los estandartes.

César conduce a

sus tropas hacia una colina vecina y dispone el ejército en formación de

batalla. Labieno, como había sido mandado por César no entrar en batalla a

menos que las tropas delante cerca de los campamentos de los soldados fueran

vistas, para de todas partes al mismo tiempo se atacara a los enemigos, con el

monte ocupado esperaba a los nuestros y estaba alejado de la batalla.

Muy avanzado el

día, mediante exploradores César supo que no solo el monte se había ocupado por

los suyos sino que los Helvecios habían levantado el campamento y que Considio,

aterrorizado, informó de lo que no había visto en vez de lo visto.

El mismo día con

el intervalo que había acostumbrado sigue a los enemigos y a tres mil pasos de

su campamento establece el campamento.

23

Al día

siguiente, puesto que en total quedaban dos días hasta cuando al ejército el

alimento convenía distribuir, y puesto que de Bibracte, la ciudad más grande

con mucho de los Heduos y la más rica, no más de dieciocho mil pasos distaba,

creyó que debía prestar atención al asunto de la comida. Así, el camino de los

Helvecios deja y se apresura a ir a Bibracte. Este asunto por los fugitivos de

L. Emilio, decurión de la caballería gala, se comunica a los enemigos.

Los Helvecios,

bien porque creían que los romanos se habían alejado de ellos atemorizados

porque, ocupados los lugares más altos el día antes, no habían entablado

batalla, bien porque confiaban en que podían ser privados de la comida, cambiada

la decisión y volviendo sobre sus pasos, empezaron los nuestros a ser

perseguidos por la retaguardia y a provocar.

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Después de

darse cuenta de esta intención, César condujo a sus tropas a una colina vecina

y envió a la caballería para que contuviera el ataque de los enemigos. Mientras

tanto, él mismo en medio de la colina puso en formación de tres líneas a cuatro

de las legiones de veteranos.

En la cúspide,

colocó a las dos legiones que había reclutado en la vecina Galia citerior y a

todas las tropas auxiliares, de modo que llenaran de hombres todo el monte

encima de ellos. Ordenó que levaran los bagajes y los fardos a un mismo lugar y

que él fuera protegido por aquellos que habían constituido la formación

superior.

Los Helvecios, persiguiéndolos

con todos sus carros, juntaron todos sus bagajes en un mismo lugar; ellos

mismos con una formación muy cerrada, después de rechazar a nuestra caballería,

tras formar la falange, se acercaron hasta nuestra primera línea de batalla.

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César, tras hacer retirar de la presencia de todos los caballos, primero el suyo, para que igualado peligro para todos desapareciera el deseo de la fuga, animando a los suyos, entabló combate. Los solados, tras lanzar sus lanzas desde el lugar más alto, rompieron fácilmente la falange de enemigos. Y una vez desecha esta, con las espadas desenvainadas, los atacaron 2013\10\comentarios-la-guerra-de-las-galias_23.html.

Los Galos

tenían un gran estorbo para el combate, que atravesados y unidos varios escudos

de ellos con un mismo golpe de lanzas, como se doblaba el hierro, ni podían sacarlo

ni luchar suficientemente cómodos con la izquierda impedida, de manera que

muchos, tras agitar el brazo largo tiempo, preferían soltar el escudo de la

mano y luchar con el cuerpo al descubierto. Finalmente,

fatigados por las heridas comenzaron a retroceder y, puesto

que un monte surgía a un espacio de alrededor de una milla, allí se retiraron.

Tomado el monte

y acercándose los nuestros, los Boyos y los Tulingos, que cerraban la formación

de enemigos con alrededor de quince mil hombres y eran la retaguardia de la

defensa, atacando a los nuestros por el camino desde el flanco abierto,

comenzaron a cercarlos, y viendo esto, los Helvecios, que se habían retirado al

monte, comienzan de nuevo a amenazar y a reintegrarse a la batalla.

Los Romanos

atacaron en dos direcciones: la primera y la segunda fila, de modo aguantara a

los vencidos y derrotados, la tercera, de modo que sostuviera a los que venían.

26

Así, en una

batalla de dos frentes, se luchó larga y cruelmente. Cuando no pudieron

aguantar el ataque de los nuestros por más tiempo, unos, como ya intentaran, se

retiraron al monte, otros se reunieron junto con sus bagajes y carros.

En toda esta

batalla, como desde la hora séptima hasta la tarde se había luchado, nadie pudo

ver al enemigo que huía. Incluso hasta entrada la noche, junto a sus bagajes,

se luchó, puesto que opusieron sus carros a modo de parapeto y, desde un lugar

más alto, contra los nuestros que se acercaban, disparaban dardos y no pocos,

entre los carros y ruedas, lanzaban lanzas y venablos y herían a los nuestros.

Tras luchar largo tiempo, los nuestros se hicieron con los bagajes y los campamentos. Allí se capturó a la hija de Orgetórix y a uno de sus hijos. A esta batalla sobrevivieron alrededor de ciento treinta mil hombre y durante toda la noche se fueron continuamente, sin interrumpir el camino durante ninguna parte de la noche.

A las fronteras

de los Lingones llegaron al cuarto día, puesto que los nuestros no pudieron

seguirlos debido tanto a las heridas de los soldados como al entierro de los

muertos. César envió cartas y nuevas a los Lingones para que no los ayudaran

con alimento o con otra cosa: si alguien los ayudaba, se tendría en el mismo

lugar que a los Helvecios. Pasados tres

días, con todas sus tropas él mismo comenzó a seguirlos.

27

Los Helvecios,

llevados por la escasez de todo, enviaron legados junto a él sobre la

rendición. Estos, después de que le encontraron en el camino y se postraron a

sus pies y le pidieron la paz, llorando, hablando suplicantes, y a ellos en el

mismo lugar que estaban él les mandó esperar su llegada, obedecieron.

Después de llegar César allí,

pidió rehenes, armas y esclavos que había huido junto a ellos. Mientras se

quejaban y se juntaban estas cosas, pasada una noche, alrededor de seis mil hombres

del pago que se llamaba Urbígeno, o bien aterrorizados de que entregadas las

armas sufrirían un castigo, o bien inducidos por la esperanza de la salvación,

ya que creían que podrían ocultar su fuga entre tanta multitud de rendidos su

fuga o bien que fuera ignorada por todos, saliendo al anochecer de los

campamentos de los Helvecios, se dirigieron hacia el Rin y las frontras de los

Germanos.

28

Cuando César se enteró, mandó a

estos a través de cuyas fronteras habían ido, que los buscaran e los hicieran

volver, si querían ser justificarse ante él. Los tuvo entre el número de

enemigos al volver, a todos los restantes, entregados rehenes, armas y

fugitivos, los acogió en la rendición.

A los Helvecios, los Tulingos y

los Latóbriges a sus fronteras, de donde habían venido, los mandó volver, y, puesto

que, habiendo echado a perder los productos de la tierra, no había nada en el

hogar con lo que soportaran el hambre, a los Alóbroges mandó que les hicieran

cantidad de alimento. Les mandó a ellos mismos que restituyeran las ciudades y

los pueblos que habían incendiado.

Hizo esto con el mayor interés, porque no quería que ese lugar de donde los Helvecios habían salido quedara vacío, para que no, a causa de la bondad de los campos, los Germanos, que habitan tras el Rin, cruzaran de sus fronteras hacia las fronteras de los Helvecios de su provincia vecina, y fueran vecinos de la provincia de la Galia y de los Alóbroges.

A los Boyos, tras pedirlo los

Heduos, puesto que eran conocidos por su egregia virtud, les concedió que se

establecieran en sus fronteras; en aquel lugar, a estos les dieron campos a los

que después en igual condición de derecho y libertad***.

29

En los campamentos de los

Helvecios se encuentran registros hechos con caracteres griegos y se llevan a Cesar,

en las cuales tablas se había hecho un cálculo nominal de qué cantidad de ellos

había salido de casa que podían llevar armas e, igualmente por separado,

cuántos niños, ancianos y mujeres había.

De todas estas cosas, el total de

personas de los Helvecios era doscientos sesenta y tres mil, de los Tulingos

treinta y seis mil, de los Latóbriges catorce mil, de los Rauracos veintidós

mil, de los boyos treinta y dos mil; de estos, quienes armas podían había

alrededor de noventa y dos mil.

El total de todos estos fue de

alrededor de trescientos sesenta y tres mil. Se halló que el número de los que

volvieron a casa tras hacer el recuento, como había mandado César, era ciento

diez mil.

30

Terminada la guerra contra los

Helvecios, legados de casi toda la Galia, los primeros de las ciudades,

vinieron para la felicitación de César: creían que, aunque los hubiera

castigado con la guerra en vista de las viejas injurias de los Helvecios contra

el pueblo Romano, aquel asunto no menos había sucedido por la práctica de la

tierra Gala que la del pueblo Romano, ya que los Helvecios habían dejado sus

casas tras aquel concilio en favor de intereses más florecientes, para llevar

la guerra a toda la Galia y hacerse con el poder, y elegir como domicilio un lugar

con gran riqueza de entre toda la Galia, que juzgaran muy oportuno y fructuoso,

y tener las ciudades restantes sometidas.

Pidieron que les permitieran

celebrar un concilio de toda la Galia en cierto día y que querían hacerlo con

la voluntad de César: había ciertas cosas que según común acuerdo de él querían

pedir. Permitido este asunto, decidieron un día para el concilio y lo sellaron entre ellos haciendo un juramento para que nadie lo publicara, a menos que le fuera mandado por el concilio común.

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