Julio César y los piratas es todo un clásico del anecdotario romano y nosotros no podíamos faltar a nuestra cita con ella. Así, en efecto, nuestro viejo conocido tuvo un encuentro fortuito con estos amables y educadísimos asaltantes de los mares que la historia, a través de la pluma de Plutarco, ha tenido a bien recordarnos para siempre.
A mi entender, es uno de los
episodios más carismáticos de este hombre, ya que no solo se combina en él una chulería
que no tiene límites, presumiendo sobre su persona y arriesgando a que le
corten el cuello, sino unas maneras y un saber estar que te hace adorarlo un
poco más al tiempo de querer meterle un guantazo. Pero empecemos, así lo
entendéis.
Sobre el año 72 a. C. y tras ser
elegido pontifex (sacerdote), César decide viajar a la isla de Rodas para ampliar su formación retórica y
filosófica bajo el cuidado del sabio Apolonio Molón. Durante el viaje, sin
embargo, el barco donde viajaba fue asaltado a la altura de la isla de
Farmacusa por unos piratas, que sin contemplaciones tomaron a toda la
tripulación, incluído a Julio, como rehenes y pidieron un rescate por cada uno
de ellos. Traficar con vidas: sin duda una bonita forma de hacer dinero.
De cualquier manera, por Julio César los piratas decidieron pedir unos veinte talento de oro, que en peso
equivalía a unos 26 kilos. Como podéis ver, no era una cifra para tomarse a
risa, pero César sí que lo hizo. Se partió en su cara y, con toda la poca
vergüenza, les dijo que él mismo estaba dispuesto a darles 50 porque si
supieran quién era él pedirían más.
La cosa, no obstante, quedó en 20
y entonces se pusieron manos a la obra para pedir el rescate a los amigos de
César. Durante el tiempo que tardaron en reunirlos, unos 38 días en total,
Plutarco nos cuenta que, “más que preso, estuvo guardado”, porque el chico
hacía más bien lo que le daba en gana. Tuvo tiempo de pasearse, tuvo tiempo de
escribir, tuvo tiempo de escribir discursos y tuvo tiempo incluso de tratarlos como
borricos porque no aplaudían cuando él les leía sus escritos en voz alta o
mandarles que se callaran porque se iba a dormir.
Una de las amenazas que el joven
César les decía entre risas era que el día que consiguiera escaparse iría tras
ellos, los cazaría y los crucificaría. Los piratas se reían de estas gracietas
–eso pensaban que eran- y pensaba que serían producto de la juventud o del
apresamiento. Lo que no sabían es que se haría realidad.
Una vez que llegaron de Mileto
los amigos del futuro dictador trayendo los talentos, lo pusieron en libertad y
lo llevaron al puerto del puerto de aquella ciudad. Entonces, organizó una partida
con la que les dio caza y llevó a los capturados a la prisión de Pérgamo,
quedándose el dinero del rescate para él, como legítimo botín. Fue entonces en
busca de Junio, que gobernante de Asia, para que castigara a los piratas, pero
el otro hizo caso omiso y más pensó en el dinero que había recogido de César.

No hay comentarios:
Publicar un comentario